
El recorrido desde mi casa hasta aquel lugar donde se supone me educo es bastante largo, el sueño nocturno desde hace varias semanas no genera en mí sensación de buen descanso y esto me mantiene irritable, además con lapsos de inexplicable angustia. Por supuesto aquellas cosas cortan la viscosidad de mi fluido vital, ese líquido invisible que imagino lleva a todo mi ser la tranquilidad de la constancia, motivo por el cual últimamente Morfeo suele cobijarme durante el trayecto cuasidiario en el transporte urbano, y es bueno que suceda en esta época aunque no me gusta dormir en esos momentos.
Ayer, como ya se ha vuelto costumbre, caí en sueño mientras iba rumbo a clase en el mediocre sistema de transporte masivo del que goza nuestra ciudad, un sueño que llamo «intermedio», ese en el que se tiene percepción de la realidad y los productos de la imaginación a la vez. El sueño que tuve ayer, y que extrañamente puedo recordar con claridad, estuvo, estoy seguro, alentado por la música proveniente de mis audífonos: la misma canción repitiéndose una y otra vez, como desde hace casi dos semanas, y es que esta canción es bastante particular, la letra consiste en una sola palabra acompañada de sonidos densos, la canción es así, densa, pero también psicodélica (si acaso logro emplear bien el termino), regular, atmosférica, inquietante pero predecible, tranquila y sencilla, sencilla en lo más básico de su estructura. Así entonces, envuelto por aquellos sonidos, comencé a soñar, y en el sueño la protagonista era Juliana, una compañera de hace tiempo, del colegio, de uno de los que me expulsaron; hermosa ella, de labios sugestivos y voz sutil. Se encontraba en una habitación muy amplia, totalmente verde, verde intenso, de textura en apariencia suave, casi apetecible al gusto, los bordes redondeados, ningún ángulo recto; entonces comenzó ella a correr en círculos, lo hacía de forma muy graciosa e inocente, se fatigó un poco y lentamente se detuvo, luego se arrodilló sobre un colchón que había cerca a uno de los rincones de la habitación -por cierto, a proposito del colchón, este me llamó poderosamente la atención, aunque su forma era muy bien definida las demás características le hacían parecer como hecho de nubes-, ya de rodillas, con la espalda bien recta, subió la mirada sin mover la cabeza y luego cerró los ojos, de inmediato su ropa, amarilla, pieza por pieza se fue desvaneciendo, o más bien su piel la iba absorbiendo, hasta que acabó por completo desnuda, allí cambió de posición y quedó derecha de espalda al colchón, abrió las piernas y de su vagina, bien depilada, empezaron a salir serpientes emplumadas de muchos colores y bastante largas, fueron cinco, las primeras cuatro se enrollaron casi de inmediato una en cada una de sus extremidades, la última, sin abandonar del todo la vagina, rodeó parte de la habitación, envolvió con una sola vuelta el cuello de Juliana y posterior a esto alcanzó con su cabeza el lugar del que aún no acababa de salir, ubicó el clítoris y empezó a olfatear sobre él desenfrenadamente, el gesto pacífico que sostuvo ella con los ojos cerrados hasta ese momento, se trastocó en uno de sublime placidez; la serpiente no cesaba de masturbarla y ella, suavemente, cada vez se retorcía más, su cara expresaba un intenso placer, no solo sexual, era como si la experiencia tuviese algo de espiritual y sagrado.
Luego de aquello, que llegó hasta un punto de frenesí extraño, la serpiente que la masturbaba entró por su boca y a medida que se adentraba en ella terminó por abandonar del todo la vagina; las otras cuatro regresaron una por una a la vagina ya cuando la última la había abandonado enteramente, como entrando al cielo ingresaban reverente y delicadamente. Juliana en ese momento y por unos segundos se mantuvo muy quieta, luego comenzó a llorar, no de modo angustioso pero sí haciendo sentir en el ambiente una ligera brisa cargada de culpa... Esa sensación melancólica que me produjo su llanto fue sacándome poco a poco del «intermedio» sueño, que por esto mismo y aunque de cierto modo vívido, careció de privacidad.
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