Falsa efervescencia
¿Cuantos colombianos saben quienes fueron los presidentes de los últimos cuarenta años?, ¿o las batallas de la campaña independentista?, ¿cuantos saben cuales son los pueblos indígenas de los que descendemos? Aquí la cosa no se reduce a los chibchas, que más que un pueblo eran, o son, pueblos distintos pertenecientes a una misma familia lingüística. Los colombianos en su mayoría no tienen idea de qué los hace colombianos por lo menos en lo histórico, no saben qué es una cultura más allá del verraco Vallenato, no conocen si quiera en lineas generales la Historia de la formación de Colombia como nación, no tienen ambiciones conjuntas, se limitan a decir «queremos la paz» pero son injuriosos, chismosos y violentos connaturalmente. El apoyo inusitado que ha surgido hacia Uribe en este momento de tensión con Chavez, porque la tensión ha sido con él y no con toda Venezuela, no es fruto de un pueblo patriota sino un mero artificio del teatro que se ha montado con campañas publicitarias, con mercadeo, porque Colombia es eso, un mercado, un lugar donde se puede comprar barato, explotar a los trabajadores, donde se puede educar a la gente mediocremente para que viva como obrera mal paga el resto de la vida, un lugar donde la vida se compra y se vende, una prostituta que se ofende cuando le dicen puta y que se «emputa» cuando le dicen prostituta.
En Colombia no existe patriotismo, existió alguna vez, cuando nuestros abuelos, que son culpables del debacle que hoy vivimos, aún pensaban en comunidad y se expresaban en lo referente a todos sin miedo, cuando aún lo político, que es lo público, era de interés general. Hoy solo existe patrioterismo, uno si no causado, al menos catalizado por el actual gobierno y sus mofas publicitarias, uno que envilece las actividades diarias de todos, que engaña las conciencias, que vende falsas promesas y a la industria nacional, que mata lo importante y exalta idioteces. Colombia ya no es una patria, es un territorio poblado por crápulas de cuanta especie cabe en el sentido más amplio de la palabra, comandado por un estado inepto pero sagaz que sabe manipular a la gleba. Lo mejor que le puede pasar a este país es colapsar y caer estrepitosamente para que por fin despierte del amargo sueño en que está hace tanto tiempo.












